Tenés la mala costumbre de tocarme la cara después del sexo. Para saber si sigo ahí, para saber que no soy una ilusión. Y me abrazad tan fuerte que me rompes, en mil pedazos, porque te siento más lejos que en cualquier momento.
Una noche fuimos a pasear por el barrio, aburridos, cansados de la rutina de vernos, tomar, fumar y coger.
Terminamos en el parque oscuro, de noche, con un vientito que te entraba por no sé donde y me hacía temblar. Te sacaste la camperona, me la pusiste en los hombros y me tocaste la nariz para ver que tan fría estaba.
- Más fría que tu alma - dijiste riendote
Ni te sonreí ni te miré mal. Porque, por un lado, no estabas tan errado.
Y fue cuando vi la canchita de básquet. Se me iluminaron los ojitos cuando vi la pelota, abandonada, como esperándome, esperándonos.
Te devolví la campera y corrí a buscar la pelota. La hice picar y la tiré al aro. Rebotó en el borde y no entró. Bufé, decepcionada.
Y tu risa se escuchó a mil metros a la distancia.
Te miré, pesado, porque no te podes reír de mis fracasos. No estaba bien. Pero me di cuenta de que no te reias de mi, sino de la vida...
- ¿por qué levantas la otra manito para tirar? - preguntó acercándose y riéndose
- cuando estaba en el colegio jugaba al cesto - le conté yendo a buscar la pelota para rebotarla - y era ataque, así que tenía que aprender a tirar bien
- ¿y también metías la manito?
Me estiró la mano para que le pase la pelota. Dudé. De la misma forma que dudé cuando me estiró la mano por primera vez para pedirme la mía, o cuando me dijo que me quería.
Se la pasé. La agarró, la rebotó tres veces y tiró. Obviamente, erró. La pelota pegó en la tabla y salió volando.
Pero no me reí. No porque no estuviera contenta. Al contrario, mi corazón rebotaba peor que la pelota.
Lo vi correr a buscarla y pasarmela desde lejos.
Toda la noche estuvimos jugando. Me ganó por 36 a 28. Fue un juego sucio.
Antes de que saliera el sol, volvimos al departamento a buscar un envase y fuimos a comprar una birra.
En la terraza, se durmió con su cabeza en mi regazo mientras yo le peinaba el pelo.
Eran las 6 de la mañana. A las 8 sonaba el despertador.
Fue una noche distinta. Casi sin besos, sin sexo y sin abrazos. Pero llena de risas, de choques voluntarios, de roces atrevidos para distraer al otro...
Me robé esa pelota. Para la próxima vez que nos aburra la rutina...
María Belén...
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