jueves, 22 de diciembre de 2011

S i m b i o s o s . -

Ellos eran perfectos.

No, más que eso. Eran perfectos el uno para el otro, no solamente en su burbuja de individualidad.

Muchas veces habían dedicado todo su tiempo a negarse su amor entre ellos, mientras que su relación parecía más transparente y pura que el agua de la caída de una cascada. Miles y miles de “perdones”, “gracias”, “te amo”, “te odio”, “no te quiero más”, “no te vayas”, “quedate” salían de sus labios en distintas situaciones, para terminar los dos acurrucados en algún pequeño agujero del mundo que bien podía ser; la habitación de él o de ella, la casita del árbol de él, la sala de música de ella, el patio de la casa de la abuela de él o alguno de los grandes salones de la casa de ella. Siempre encontraban un lugar para pelearse, para reconciliarse, para odiarse a gritos y amarse en silencio.

Nunca nada cambio en ellos, salvo el hecho de que pasaron a ser “nada” a “todo” … Y después, “nada” de vuelta, y al poco tiempo “todo”, y así sucesivamente durante no se cuanto tiempo. Parecían perro y gato a veces, cambiaban de roles todo el tiempo y a veces hasta volaban cosas por encima de sus cabezas. Pero dicen que no duele el golpe, sino quién te lo da. En el caso de ellos, dolía absolutamente todo. El golpe, quién lo daba, quién lo recibía, quién empezaba y quién terminaba. Muchas veces, de tantos golpes, ya ni sabían quién empezó. Pero s i e m p r e, volvían.

Ni ellos sabían cómo terminaban juntos, abrazados, con los dedos de la mano derecha de él y los de la izquierda de ella entrelazados, unidos. No sabían como de pasar a gritos, peleas y discusiones, sus labios se estrellaban para pedirse miles de perdones en silencio. Ella no sabía cómo terminaba acorralada por él, o debajo de él. No sabían a donde iba a parar toda la ropa de invierno que tenían puesta, y como podían estar tan bien sin la calefacción prendida o el aire acondicionado funcionando en días muy calurosos. Él no entendía como terminaba regalándole flores al día siguiente, o sacándola a pasear en su moto, o llevándola al cine. Ella tampoco sabía cómo aceptaba sin pensarlo una sola vez.

Parecía que no daban lugar a la duda; a esa duda que surgía cuando discutís mucho con alguien y aparece la frase “será que me ama, o lo amo”. Para ellos nunca hubo esa mínima duda. SI bien había épocas en donde el dolor, la angustia y la ira rondaban su humilde casa, jamás se les paso por la cabeza el dejar de amarse.

Porque su relación era más bien una simbiosis. No podían vivir separados. Ya lo habían intentado, y fracasaron de una manera casi trágica. Ellos se juraron a sí mismos jamás dejar ir al otro.

Y ahora ella está armando las valijas, porque él se dijo que jamás la dejaría ir, pero no podía obligarla a quedarse. Si bien la iba a seguir hasta el fin del mundo, no podía retenerla como una princesa cautiva, por mucho que la amase. Ella sigue metiendo cosas en su valija, pero se detiene para mirar de reojo las acciones que él hace. Suspira cuando lo ve apoyado contra el marco de la puerta, con un cigarrillo en la boca y una botella de vodka en la mano. Se levanta y le arrebata de un solo movimiento ambos objetos. Él, medio consiente medio borracho, intenta recuperar al menos su cigarrillo, pero ella lo aplasta con un pie y rompe la botella contra el piso. Él no hace otra cosa que empujarla a la cama, tirando todo a su alrededor.

Pero ella no le tiene miedo. Es más, retiene toda su ira mientras él no hace otra cosa que gritarle las peores blasfemias que existen. Ella ya supero todas esas palabras, porque sabe que él no las dice en serio.

Sabe perfectamente que cuando él deje de gritarle, respire hondo y la mire directamente a los ojos, va a dejarse caer sobre ella, pidiendo perdón mil y un veces con amenazantes lágrimas en sus ojos. Ella no puede hacer otra cosa que consolarle y decirle que es el peor novio del mundo, que a pesar de todos sus años como pareja él no cambio en nada para/con ella. Pero él también sabe que no lo dice en serio, porque después de todo ese sermón, ella lo abraza, lo besa y se lo saca de encima, para poder acomodar toda la ropa de su valija al ropero que comparten en una mini habitación en un departamento en las afueras de la ciudad.

Mañana tenían que trabajar. Ella como periodista de ESPN, y él como arquitecto en una mansión. Tenían que continuar con sus vidas. Por eso no había tiempo para el sexo, esa noche. Ella se dejo caer al lado de él en su cama de dos plazas, lo abrasó, lo besó en sus mejillas, sus párpados, su frente, sus orejas, y en sus labios. Se levanto a buscar un short de jean, y una camisa de él. Volvió a acostarse para descubrir a su novio plácidamente dormido por sus caricias. Se abrasó a él por su espalda y se pegó a su fornido cuerpo todo lo que pudo.

Sabían que el día de mañana, cuando estén casados, vivan en una casa y tengan cuatro hijos, la vida iba a ser el doble de dura que ahora. Pero estaba casi segura de que lo iban a lograr. Y dice casi, porque todavía no le ha pregunto a su novio si quiere más de cuatro hijos o con ese número par es suficiente.

Suficiente para siempre.






María Belén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu recuerdo..