Buenas gente bella. Hoy les traigo otro pensamiento. Muy parecido al anterior pero ahora alabando a otro ente que es muy importante en mi vida diaria. Según las distintas religiones, creencias, culturas, recibe un nombre distinto. En mi caso, como soy católica apostólica romana lo llamo Dios o Jesús, dependiendo de la circunstancia en que esté. Sin más vueltas, les dejo el escrito.
A veces creo que no disfruto lo suficiente de haber nacido con la religión que me tocó. Muchas veces más estuve enojada con aquel ser que lidera esa religión. No precisamente el representante de Dios en la tierra era siempre el ser más puro del universo. Además, Dios nos dijo miles de veces que ningún ser humano es perfecto, porque solo Él es perfecto y nosotros somos una simple representación suya, una creación de imperfecciones mal hecha a propósito. Esa realidad mil veces me revolvió el estomago, no tanto por ser, según la religión católica, un ser imperfecto y que aquella perfección no existía y estaba solo reservada a aquel ser al cual nunca pude ver. Simplemente no lo toleraba.
Pero ahora las cosas son muy distintas. Dios pasó a un plano elevado en mi vida. Pasó a ser lo único que se que no me abandona nunca. Nunca lo hizo y tengo la certeza de que tampoco lo va a hacer. Hace poco que siento esa protección divina, que a veces pienso que en realidad no es Dios sino mi abuela, que hace que me levante todos los días y disfrutarlos lo mas que pueda. Mi vida dio un giro de ciento ochenta grados cuando entendí que estamos cuidados y protegidos siempre, ya sea por un ser querido en forma de ángel que nos visita, ya sea por Dios o su hijo, o por quien sabe que. Yo solamente tengo la certeza de que hay alguien que me cuida, que me protege, que me cubre y que nunca me van a alcanzar las buenas acciones para agradecérselo.
¿Que como estoy tan segura? Fácil. Porque me lo puso en mi camino. Porque me da la posibilidad remota, finita, cortita y pequeñita de verlo, de estar con él, de estar entre sus brazos y suspirar de felicidad. Hace que crea que estoy en el mismo cielo, porque en ese momento no me imagino un mejor lugar para estar, ya sea que afuera se caiga el mundo o la galaxia explote. Dios me permite disfrutar de su risa, de sus besos, de su cuerpo y de su tiempo. Me deja escuchar sus quejas sobre la vida, a la cual nunca le agradece a Dios y tampoco cree mucho en Él. No sé si aprueba mi relación con él, que no nos mantengamos castos hasta el matrimonio o que ni siquiera se nos pase por la cabeza casarnos; menos tener hijos. Pero igualmente accede a que estemos juntos, por pequeños momentos y disfrutar de la compañía del otro, de abrazarnos fuerte y mirarnos a los ojos para embebernos uno del otro. Nos cede una realidad espacio-tiempo distinta, en la que no somos quienes somos en la realidad sino dos personas que se quieren y que quieren estar bien, que les gustaría que todos los demás viesen su felicidad en vez de los números de edad, del status social y de los paradigmas impuestos por esta sociedad. Además me permite ser fuerte hasta la próxima vez para verlo y también es Dios quien a veces me lo arranca haciéndome pensar que no lo voy a ver más. Cualquiera pensaría que es un castigo; en cambio yo sé que es una prueba para mí. Sé que en ese momento Dios me está probando, está probando mi fortaleza. Me gustaría decir que en la mayoría de los casos gano, que soy fuerte, o que mi alma salió intacta de esa prueba, pero eso sería mentirle, mentirme y fallarnos más de lo que ya lo hice. A veces paso la prueba, otras no. Y una parte de mi vuelve a pertenecerle a Dios, para que me ayude a recuperarme. A ser más fuerte, tan fuerte como Él necesite. Y cuando puedo abrirme, abrir el corazón y entregarle mi alma para que sea curada, ahí me lo devuelve. Sano y salvo. Lo trae de vuelta a mis abrazos o me lleva a los suyos y nos deja un momento de intimidad, de felicidad otra vez. Nos permite volver a ser uno para tratar de ser mejores cuando tengamos que separarnos. Ser mejores para Él.
Por eso después de nuestros encuentros fortuitos miro al cielo y nace en mi la frase "Dios existe". Por eso creo en Dios. Cualquier nombre que lleve, ya sea Alá, Buda, Diyi', Kamisama, Sol. Le permito a Dios que lleve las riendas de mi vida porque sé que siempre puedo confiar en Él, porque siempre siempre me devuelve al lugar donde fui, soy y seré feliz.
Bueno, era un pensamiento entremezclado con Dios y él obviamente. Lamentablemente esta semana fue muy dura para mi (o nosotros, no se todavía) y no estuve con mucha inspiración para escribirles. Ya saben lo temperamental que soy, si no me siento con ganas no lo hago. Y esta semana estuve muy decaída, creo que la gente que me quiere se dio cuenta e hicieron lo posible por ayudarme. Pero el único que tenía el remedio a mi enfermedad crónica era él y sus benditos mensajes o señales de vida (los cuales fueron escasísimos) y como las peleas son feas para los que pelean nada más entonces no pude pasar bien mi vida en esta etapa. Y en todo momento pensé en Dios chicos.
Es increíble como la fe y la fuerza que pongo en Dios siempre me es devuelta con frutos más que sabrosos. Siempre que estoy en un problema o tengo miedo, pensar en Dios me ayuda y me tranquiliza. No soy una ferviente fan de la iglesia de los Domingos ni de los rosarios antes de irme a dormir como lo hacia mi abuela, pero de creer creo. Una vez mi abuela me dijo que podía compensar mi faltas a la iglesia con buenas acciones. Y son las que siempre trato de hacer para estar bien con Dios y conmigo misma.
Dios siempre aparece en nuestros momentos más luminosos y en los más oscuros chicos, nunca se va, siempre está presente y siempre quiere ayudarnos a superar los baches de esta vida que Él mismo nos dio. Agradezcan a Dios todos los días por abrir los ojos y por estar donde están y ser quienes son.
Buen finde, los quiero!
María Belén
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