Después de tanto tiempo volví a sentir calor.
Pero no ese calor sofocante de verano; ese que no te deja
ser, que no te deja respirar.
Este calor es el agradable. El de los rayos que te acarician
suavemente la piel, que te deja mirar hacia otros lados, que te dan ganas de
levantarte y correr sin cansarte nunca.
Es ese calor que te levanta temperatura hasta el punto
justo, para que no te sofoques. Que es seductor, que te invita a moverte de tu
cama y hacer cosas. Del que no te podes atajar aunque quieras, porque te atrae
y te envuelve y no te dan ganas de estar refugiada en las sombras.
Es ese que te empuja hacia afuera de la oscuridad, de esa
oscuridad que tiene tu corazón. El que derrite hasta al más frío corazón. Es
ese calor que une los pedazos rotos, derritiéndolos poco a poco hasta que
quedan unidos.
Este calor es el aparece en tus mejillas cuando algo te
gusta; el que aparece en tu estómago junto con las mariposas cuando tenés miedo
o estas feliz. Ese que se hace presente en momentos que son importantes para
uno, que nos marcan siempre.
La mayoría de las personas lo sienten justo debajo de las
costillas y sienten como va subiendo hasta que llega a nuestra cara. Ese calor
que nos incendia el cuerpo cuando estamos con las personas que queremos, cuando
acariciamos a nuestro perro, cuando mamá nos dice que está orgullosa de
nosotros, cuando papá nos confía el auto un sábado a la noche, o cuando tu
hermano te abraza y te dice cuanto te quiere.
Es ese calor de la valentía; ese que aparece en una mesa
libres o en un parcial, que se nos quema el cerebro pensando en la respuesta
correcta. También es ese que a veces nos ataca el cerebro y nos hace salir mal
de una situación o nos hace tomar malas decisiones. Ese que nace de algún lugar
y se estanca en la garganta como un nudo y no se quiere ir. Es ese que nos deja
mudo en los momentos que más necesitamos hablar. Ese calor también es el de la
cobardía...
Y también es ese calor que siento yo cada vez que te abrazo,
cuando hago una tontería y te reís. Es ese que me nace en la boca del estómago
cuando me llega un mensaje tuyo o cuando decís mi nombre para despedirte. Es
ese que me revuelve la cabeza cuando tomé un poquitito de más y te abracé o me
pegotee a tu cuerpo. Es también ese calor que me sale de la garganta cuando
estoy fumando y me decís que dos al hilo es mucho; porque me cuidas sin darte
cuenta.
Es ese calor de un verano suave, de 22 grados, que hace
agradable el ambiente. Es ese calor de los dos besos que me das cuando me
saludas y el beso largo en los labios cuando te vas.
Ese calor es cuando me agarras la mano para darme un último
beso antes de que me vaya, cuando entrelazas nuestros dedos. Es también ese
calor que sentís cuando me despido acariciándote la mejilla.
Es ese calor, lindo, bonito, agradable y duradero, de esto
que nació en primavera. Ese calor de tus besos, de mis abrazos y de nuestras
risas.
Es nuestro calor.
María
Belén
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